Vivir con trigémino: el dolor en el lugar de trabajo me ha robado la sonrisa
Vivir con trigémino: el dolor en el lugar de trabajo me ha robado la sonrisa
Eran las 9:30 de la mañana y llevaba exactamente dos años sin un ataque severo de trigémino. Me encontraba sentado en mi escritorio, rodeado de papeles y números de préstamos, listo para una reunión importante con un cliente potencial. Había desayunado un café con leche y un bollo integral, lo que siempre me ayudaba a mantener el nivel de energía necesario para enfrentar los retos del día. Pero justo cuando estaba a punto de encender la grabadora para comenzar la reunión, noté un cosquilleo en la mejilla derecha, como si alguien estuviera pasando una escoba suavemente por mi piel. Me sentí perdido, confundido. No podía entender qué estaba sucediendo. Habían pasado dos años desde que fui diagnosticado con neuralgia del trigémino, un dolor crónico que atacaba sin previo aviso y me dejaba sin aliento. Me habían recetado Carbamazepina y había logrado controlarlo bastante bien, pero hoy parecía haber regresado con más fuerza de lo que lo recordaba. No sabía qué hacer ni cómo explicar esto a mi cliente potencial. ¿Qué iba a decirle? "Disculpe, señor, pero creo que estoy experimentando un ataque de trigémino y no puedo asegurar que podamos seguir adelante con la reunión tal como estaba planeada". No era lo que me gustaba pensar ni decir.El contexto: cómo llegué a este momento
Me llevó varios años llegar a este punto. Recuerdo cuando empezaron los problemas dentales en mi lado derecho, justo encima de la mandíbula. Fui a muchos dentistas, cada uno con una teoría diferente sobre qué estaba sucediendo y cómo podían ayudarme. Endodoncias, extracciones, piezas dentales perdidas... parecía que no había fin al número de tratamientos que necesitaba para sentirme aliviado. Pero el dolor persistió. Fue entonces cuando comencé a experimentar dolores en la mejilla y en la cara, lo que me llevó a descubrir que tenía trigémino. La dentista que me atendía finalmente encontró la causa subyacente del problema: una muela que había sido dañada durante todos esos años de problemas dentales. La extrajo y el dolor fue insoportable, pero también fue el comienzo de mi búsqueda por encontrar un tratamiento efectivo. La medicación funcionó, y al principio me sentí libre de la incertidumbre del dolor crónico. Había encontrado una forma de vivir con él, aunque nunca logré sentir que era completamente normal.El núcleo: la experiencia central
Pero hoy no estoy bien. Me duele tanto en la mejilla derecha como para que incluso hablar es difícil. La sensación es como si alguien estuviera cortando mi piel con una navaja afilada, sin cesar ni un momento. No puedo parpadear sin sentir un golpe de dolor adicional en los ojos. Me he sentido así durante horas ahora, y no sé qué hacer para aliviarlo. Mi mente está aturdida por la preocupación por mi trabajo, por la posibilidad de que el cliente se vaya a dar cuenta de lo que sucede. Siento una mezcla de pánico y frustración: ¿por qué tiene que pasar esto ahora? ¿Por qué no puedo simplemente sentirme bien en mi lugar de trabajo? Recuerdo cuando era capaz de hacer frente a estos ataques, cuando podía tomar la medicina y mantener adelante con la vida. Pero ahora el dolor es diferente, más fuerte. Me preocupa que haya perdido el control sobre él.La consecuencia práctica: cómo cambió ese día
No puedo seguir adelante como esperaba. La reunión se canceló y mi cliente pospuso la decisión de trabajar con nosotros. Mi jefe fue comprensivo, pero también me hizo sentir que era algo personal. Que mi dolor crónico es un problema mío, no una condición que deba ser comprendida. Me he sentido culpable por no poder hacer más, por no poder llevar adelante como lo hacía antes. Me preocupa lo que esto significa para mi carrera y para mi reputación en la empresa. Mi identidad se está fragmentando, pensé mientras caminaba de regreso a casa después del trabajo. No soy el mismo hombre que era seis meses atrás. La incertidumbre me ha convertido en alguien diferente: más vulnerable, más susceptible al dolor y más dudoso de mi capacidad para hacer frente.La tensión real: la contradicción
Hay algo en mí que todavía quiere mantener adelante con la vida tal como era antes. Quiere creer que puedo controlar el dolor crónico, que puedo hacer que desaparezca si simplemente tomo la medicina correcta y hago los cambios necesarios en mi estilo de vida. Pero también hay algo dentro de mí que sabe que eso no es suficiente. Sabe que vivir con trigémino significa aceptar el dolor como parte de quien soy, como una condición crónica que nunca desaparecerá por completo. Y eso me hace sentir como si estuviera luchando contra mí mismo. No tengo solución a esta contradicción. No sé cómo reconciliar la vida tal como era antes con lo que es ahora. ¿Cómo puedo seguir adelante sabiendo que el dolor crónico será siempre un compañero de viaje?El cierre honesto
La verdad es que no tengo respuestas a estas preguntas. Sólo tengo esta incertidumbre que me sigue con cada paso que doy, esta sensación de estar en medio del caos y sin rumbo. Pero también hay algo en mí que sabe que esto es solo el comienzo. Que la vida sigue adelante, incluso cuando yo no estoy seguro de qué camino tomar. Y eso es todo lo que sé ahora.La conversación más difícil
Recuerdo la conversación con mi jefe cuando le expliqué que necesitaba subir la dosis de medicina. Era como si estuviera pidiendo permiso para no ser quien era antes. Me sentí culpable por no poder cumplir con las expectativas, por no ser el trabajador que siempre había sido.
Fue difícil enfrentar su mirada, ver la comprensión en sus ojos y saber que estaba aceptando que yo no podía seguir adelante como lo hacía antes. No fue un momento fácil para ninguno de los dos.
La vida cotidiana: pequeños cambios
Después del diagnóstico, mi vida cotidiana cambió en muchas formas pequeñas pero significativas. Comenzó a ser más difícil hacer las cosas que solía hacer con facilidad. Caminar de un lado para otro en el trabajo se convirtió en una tarea agotadora. Las reuniones que antes eran fáciles de asistir pasaron a requerir más esfuerzo.
Aprendí a escuchar mi cuerpo y a no sobrecargarme, pero eso también me hizo sentir inútil en algunos momentos. Me preguntaba si era capaz de hacer las cosas que los demás hacían con tanta facilidad.
Un momento de lucidez
Una vez, mientras estaba sentado en mi escritorio, me di cuenta de que había estado viviendo con la ansiedad del dolor crónico durante tanto tiempo. Me pregunté si era capaz de recordar el último día sin dolor y no pude hacerlo. Ese momento fue un punto de inflexión para mí.
Comenzó a ser más fácil admitir que mi vida era diferente, que mis limitaciones eran reales. No era una cuestión de no querer hacer las cosas o no poder hacerlas, sino de ser realista conmigo mismo y entender que mi cuerpo tenía sus propias necesidades.
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