Vivir con trigémino: el día que vencí al viento
Vivir con trigémino: el día que vencí al viento Después del almuerzo decidí caminar un poco por el parque de la vuelta. La luz del atardecer se filtraba entre los árboles y solo se oía el crujido de las hojas bajo mis pasos. Mi esposa me observaba en silencio desde la puerta mientras yo me alejaba. Cada vez que salgo siento una tensión constante; necesito estar seguro de que la carbamazepina, esos 200 mg tres veces al día, haya hecho efecto. Es la única forma de sentir que tengo el control y evitar que me sorprenda un ataque de dolor en la mejilla y la mandíbula derecha. El aire movía las copas de los árboles a mi paso. No sentí aquel hormigueo agudo que me dispara en la mejilla derecha cuando el viento golpea la cara. Al contrario, el frescor del día se deslizaba sobre mi piel. Era una de esas tardes raras en las que la neuralgia del trigémino parecía darme un respiro y, por primera vez en semanas, caminar sin miedo a un detonante dejó de ser una ilusión. El recuerdo de los años ...