Trigémino: cuando su mirada me dice lo que no puedo expresar
Trigémino: cuando su mirada me dice lo que no puedo expresar
El sábado por la tarde llegué a la casa de mi madre con la intención de pasar una hora tranquila, tal como había hecho tantas veces antes del último ataque. El aroma del caldo que ella preparó me recibió antes de que pudiera abrir la puerta; era el mismo perfume de hierbas que recuerdo de mi infancia, ese que siempre me hacía sentir que por un momento el mundo estaba fuera de mi alcance. Me senté en la silla que está junto a la ventana, dejé la mochila en el suelo y, mientras ella servía el plato, noté la forma en que sus ojos se posaban en mi rostro, como si intentaran leer algo que yo mismo no podía articular.
Estaba sentado frente a la sopa caliente, esperando un momento de tranquilidad, pero las cosas no salieron como pensé. La mandíbula derecha se había calmado momentáneamente, pero el recuerdo del dolor que suele afectarla estaba aún presente en mi mente. Mientras la conversación fluía detrás de mí, la mirada de mi madre fija en mí transmitía una mezcla de preocupación e impotencia.
El contexto
Hace siete años, cuando los primeros episodios de dolor comenzaron en la parte superior de la mandíbula derecha, pensé que se trataba de un problema dental. Visité a dentistas, acepté endodoncias y extracciones sin que el malestar disminuyera. Cada visita terminaba con la sensación de vacío: el diagnóstico nunca alcanzó a explicar la punzada que se disparaba cada vez que masticaba o hablaba. La vida siguió, pero el dolor se volvió una sombra constante y me sentí solo en mi lucha contra él. Estoy cansado de ser un viajero sin rumbo fijo, siempre a la búsqueda de una solución para este dolor que me persigue por todos los lugares donde vengo a trabajar.
Me sentí solo mientras comía una sopa de lentejas, cuando la dentista me habló por primera vez sobre la posibilidad de que tuviera neuralgia del trigémino después de una extracción dental que dejó al descubierto el problema en mi mejilla derecha. Me recetó carbamazepina a una dosis alta pero yo, desconfiado de los efectos secundarios, inicié con 100 mg y encontré que esa reducida me permitía mantener el dolor bajo control durante casi dos años. Durante ese tiempo, trabajaba desde casa y era capaz de seguir siendo productivo sin tener que dejar de lado la auditoría. Sin embargo, tres semanas atrás, el dolor volvió con una intensidad que me obligó a volver a la dosis completa.
El núcleo
Pero el nuevo ataque comenzó sin aviso previo, como siempre, y mi mejilla derecha volvió a sentir ese hormigueo extraño antes de la punzada eléctrica que atraviesa la mandíbula superior. Intentaba concentrarme en los informes de auditoría, pero la presión del dolor me hacía respirar más corta. Me sentía frustrado y angustiado porque cada vez era más difícil explicarle a mi madre lo que estoy pasando, ya que las palabras no parecen suficientes frente al dolor intenso.
Mi madre se sentó frente a mí con la taza de té entre las manos y me observó en silencio. Sus ojos, normalmente tan claros y seguros, mostraban una mezcla de incertidumbre y compasión que me dejó sin aliento. No hubo preguntas, no hubo intentos de diagnosticar, solo esa mirada que, en su quietud, decía todo lo que yo no podía pronunciar. Sentí que el dolor en mi mejilla derecha había creado una barrera entre nosotros, y comprendí que la relación con mi familia se había vuelto más complicada.
La consecuencia práctica
Comí con mi madre hace unos días y la situación cambió rápidamente después de aquel momento en el que experimenté otro ataque. La comida seguía siendo tan delicada como siempre, pero la conversación se volvió más tensa, como si ambos estuviéramos esperando a ver qué pasaría si decíamos algo que desencadenara otra crisis. La mejilla derecha me dolía un poco y su presencia allí era un recordatorio constante de que no estoy solo en esta lucha contra el dolor del trigémino, aunque sea una sensación incómoda.
Me levantaba del trabajo cada mañana sintiendo un sentido de normalidad, pero cuando la luz se filtraba por las ventanas del despacho, recordaba el reciente ataque de dolor en la mejilla derecha y la mandíbula que me había dejado exhausto. Retomé mi rutina de auditoría con la dosis completa de carbamazepina, 200 mg tres veces al día, y descubrí que la claridad mental que brinda el medicamento me ayuda a mantener la concentración durante horas de trabajo intenso. Pero la sombra del ataque reciente me hizo replantear mis límites laborales y decidí establecer pausas más frecuentes para evitar sobrecargar mi sistema, y comunicar a mis superiores que aunque la mayor parte del tiempo el trigémino está bajo control, los episodios pueden surgir sin aviso.
La tensión real
Intentaba seguir adelante con mi vida, pero cada día era una batalla contra este maldito dolor que late en mi mejilla derecha como un martillo persistente. La rutina de trabajar desde casa me brinda cierta estabilidad y me permite mantener la apariencia de normalidad, pero el recuerdo de los años pasados en consultorios dentales y la incertidumbre en los ojos de mi madre crean una tensión que no se disipa fácilmente. Me siento cansado de tratar de encontrar un equilibrio entre seguir adelante y hacer frente a este dolor constante, que parece estar siempre presente, esperando para golpearme con fuerza cada vez que menos me lo espera.
Esta tensión también se manifiesta en los momentos de silencio compartido. Cuando mi esposa me prepara la cena y mi madre entra en la cocina, la atmósfera se vuelve densa sin necesidad de palabras. La mirada de mi madre, cargada de esa mezcla de amor y desconocimiento, se cruza con la de mi esposa, que ya ha aprendido a leer mis señales sin que yo tenga que explicarlas. El trigémino y la familia se entrelazan en una danza delicada donde la empatía se vuelve el lenguaje principal, pero también donde la incapacidad de describir el dolor genera una brecha que ambos intentan, sin éxito total, cerrar.
El cierre honesto
Hoy estoy sentado reflexionando sobre cómo la mirada de mi madre ha cambiado mi relación con el dolor. Me siento solo cuando no hay una solución clara para la neuralgia del trigemino, y cada visita al médico es un recordatorio de que no hay un final de capítulo donde desaparezca por completo. La realidad es que cada día es una lucha constante contra las punzadas de dolor en la mejilla derecha.
Me levantaba del trabajo cada mañana con un dolor agudo en mi mejilla derecha que me hacía sentir como si estuviera envuelto en una cinta adhesiva pegajosa y rígida. Mi cuerpo parecía haberse convertido en un campo de batalla entre el dolor y la resistencia, donde cada movimiento era una lucha por encontrar un poco de alivio. Mi madre me recuerda que a veces basta con la presencia para sentir apoyo, aunque también entiendo que eso no elimina el dolor. Estoy cansado de esto y necesito seguir adelante. Me siento solo cuando pienso en mi futuro, pero sigue siendo un tema pendiente. Tomo la carbamazepina según lo indicado por el médico, continúo trabajando desde casa y he aprendido a encontrar momentos de paz en medio del ruido interno que provoca este dolor trigeminal. La historia no termina aquí, pero al menos hoy puedo seguir adelante con la tregua que me permite negociar mi relación con el dolor trigeminal.
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Mira el video de hoy en el canal Vida con Trigémino.
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