El dolor trigémino: mi lucha constante por una mañana sin sufrimiento.

El dolor trigémino: mi lucha constante por una mañana sin sufrimiento.

El reloj marcó las siete cuando la luz de la cocina empezó a filtrarse por la ventana. Me levanté con la sensación de haber dormido lo suficiente, sin el eco habitual del latido que a veces acompaña a la neuralgia del trigemino al despertar. La casa estaba en silencio, salvo el leve susurro del ventilador y el crujido de la silla que mi esposa había dejado en la mesa del comedor. Tomé la taza de café que había preparado la noche anterior, la sentí cálida entre las manos y, sin pensarlo demasiado, me dirigí al baño.

Me levanté para abrir el gabinete donde guardo mis herramientas de afeitado y, al hacerlo, me encontré con el cepillo de dientes mirándome con su habitual desafío blanco. Pero esta mañana, la imagen de sus cerdas parecía un aviso de peligro. Cuando lo tomé entre los dedos, sintiendo el mango frío contra la palma, noté una pequeña tensión en mi mejilla derecha. No era un dolor explosivo, pero sí una punzada sutil que me indicaba que el trigemino estaba cerca, listo para atacar. Me detuve un instante, respiré hondo y miré hacia adelante.

Recuerdo cuando el dolor en la mejilla derecha comenzó a afectarme hace más de una década. Al principio pensé que era un problema dental y fui de dentista en dentista, tratando diferentes soluciones con endodoncias y extracciones. Pero cada visita solo me llevaba a sentirme frustrado y confundido, como si estuviera perdiendo la batalla contra el dolor. Fue cuando una muela más del lado derecho desapareció que la dentista me dio una mirada seria y pronunció esas palabras que cambiarían mi vida: “Tienes trigémino”.

Estaba sentado en mi mesa de trabajo, rodeado de papeles y archivos contables, cuando el dolor comenzó a hacer acto de presencia. Me había estado tratando desde hacía casi dos años con carbamazepina, una medicación que parecía haberme dado estabilidad temporalmente. Tomaba 100 mg tres veces al día sin decirle nada a nadie, y durante un buen rato pensé que el dolor en la mejilla derecha había desaparecido. Pero la vida no se detiene, y ahora que trabajo desde casa como auditor, me doy cuenta de que la presión de los números, las llamadas telefónicas con clientes y la necesidad de mantener la concentración activan mis síntomas una vez más. Me siento cansado, tanto física como mentalmente, y sé que no es solo el trabajo lo que me está afectando.

Ese día, mientras preparaba el café, estaba cepillando los dientes cuando el dolor trigéminal estalló en la mejilla derecha. Cada movimiento del cepillo me parecía una pequeña aguja que perforaba la zona sensible y el ruido ensordecedor en mis oídos me hacía sentir a punto de desmayarme. Me sentí solo, con un cuerpo tenso y una respiración más profunda. Ya estaba cansado de estos ataques impredecibles.

Me encontraba sentado en el baño, intentando terminar mi rutina matutina, cuando el dolor me golpeó de nuevo en el lado derecho de la mejilla y la mandíbula. Mi esposa entró en silencio, dejó un vaso de agua en el borde del lavabo y se quedó mirándome. Su presencia calmada me dio fuerza para seguir adelante, pero cada movimiento era un equilibrio delicado entre la necesidad de aseo y el miedo a que el dolor se intensificara.

Lo sentí un rato después, pero esta vez no fue tan intenso como antes. Me quedé pensativo mientras revisaba los documentos pendientes y trataba de centrarme en la auditoría de los préstamos grupales que había dejado para más adelante. La mejilla derecha seguía sin dolor y pude concentrarme un poco más a pesar del cansancio que siento últimamente.

Sin embargo, el episodio también dejó una huella. Decidí buscar un nuevo cepillo con cerdas más suaves y un mango ergonómico, y hablé con mi dentista sobre la posibilidad de usar enjuagues bucales que no requirieran fricción. Anoté en mi agenda la necesidad de ajustar la dosis de carbamazepina cuando el dolor vuelva a intensificarse, recordando que actualmente tomo 200 mg tres veces al día, la cantidad que me recomendó la doctora después de la última recaída.

Me levanté esta mañana con la misma inquietud que siempre: ¿cómo voy a cepillarme los dientes sin provocar un ataque de neuralgia del trigemino? La ansiedad me acecha desde el momento en que pienso en acercar el cepillo a mi mejilla derecha, donde el dolor ya espera con paciencia. Antes de empezar a cepillar, reviso mentalmente la estrategia: ¿usaré un cepillo eléctrico o manual? ¿Cuántas veces pasaré las cerdas por la superficie? La indecisión se vuelve una lucha interna entre la necesidad de cuidar mi salud bucal y el temor a desencadenar otro episodio doloroso. Estoy cansado de vivir con esta incertidumbre, pero parece que es parte del precio que debo pagar por tener este trastorno.

Vivir con trigémino implica aceptar que no hay un día perfecto para mí, pero también reconocer que los momentos de calma pueden ser tan intensos como los de dolor en el lado derecho de mi cara. La contradicción de querer una rutina normal y, al mismo tiempo, temer a pequeños estímulos en la mejilla derecha o mandíbula derecha, me recuerda que el cuerpo y la mente están siempre negociando los límites de lo soportable. Esa negociación se vuelve aún más compleja cuando tengo un trabajo que exige precisión y rapidez, y el miedo a que una simple acción cotidiana rompa mi concentración se vuelve una carga adicional. Estoy cansado de estar en alerta constante por si el dolor me sorprende sin previo aviso. Me sentí solo durante un momento, pensando en cómo manejarlo todo.

Estaba sentado en el sillón cuando recordé que era otro día con mi dolor de mandíbula derecha. Me levanté para tomar un café, pero justo al cepillarme los dientes me sentí solo ante la posibilidad de otro episodio. Lleva tiempo aprender a convivir con este dolor constante y adaptarse a su ritmo. La tranquilidad que disfruto en casa es interrumpida por el latido del dolor en mi mejilla derecha.

Me quedo con la sensación de alivio de haber superado otra mañana sin un ataque de trigemino del lado derecho. El ritual de cepillarse los dientes sigue siendo un desafío, pero he aprendido a adaptarme y buscar alternativas para evitar el dolor en mi mejilla derecha. Mientras continúo tomando mi medicación y intento llevar mi vida lo más normal posible desde casa, sigo aprendiendo a vivir con esta condición y aceptando los días buenos y los momentos difíciles que trae consigo. Estoy cansado de lidiar con el miedo que me asoma cada vez que pienso en otro ataque, pero estoy decidido a seguir adelante.

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El dolor trigémino: mi lucha constante por una mañana sin sufrimiento.

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