Neuralgia del trigémino: el miedo a cepillar mis dientes
Neuralgia del trigémino: el miedo a cepillar mis dientes
Hoy pude trabajar cuatro horas seguidas sin que el trigémino apareciera. Revisé los documentos de auditoría, respondí correos y tomé una pausa mientras mi mejilla derecha se mantenía en silencio. No lo di por sentado; me quedé quieto en la silla, respirando lento, con miedo de que concentrarme despertara el dolor. Trabajar desde casa me ha dado una paz que no conocía cuando estaba en la calle cobrando préstamos y peleando con clientes, pero también me ha dejado solo con mis pensamientos y con este silencio precario.
A mediodía, mientras mi mujer preparaba la comida, fui al baño. Algo simple, una rutina mecánica que cualquier persona hace sin pensar. Pero al acercarme al lavabo, sentí esa anticipación eléctrica. Me quedé mirando el cepillo de dientes apoyado en el vaso; un trozo de plástico que para cualquiera es higiene, pero que para mí es un detonante que puede disparar el dolor en mi mejilla derecha.
Me quedé quieto frente al espejo, analizándome. Ahí estaban mis 52 años y las arrugas, pero lo que más me pesaba era saber que mi mejilla derecha, aunque externamente no ha cambiado, es ahora un campo minado. No me asustaba el hecho de lavarme la cara, sino que un roce accidental o una presión mínima en la encía superior derecha disparara una descarga que me dejara paralizado contra la pared del baño.
La herencia de los dientes perdidos
El temblor de mi mano al sostener el cepillo viene de lejos, de esos años oscuros. Todo empezó hace seis o siete años con unas molestias en la parte superior de la mandíbula derecha. Recuerdo la frustración de saltar de un dentista a otro; me hablaban de caries profundas, endodoncias o problemas de encías. Me sometí a todo. Me fueron quitando piezas dentales una a una, convencido de que el dolor se iría con la muela. Pero el dolor se quedaba ahí, burlándose de mí, mientras veía cómo mi sonrisa se vaciaba en el lado derecho.
Viví años engañado por diagnósticos equivocados. Me convencí de que tenía una suerte dental nefasta, que mis piezas eran débiles o que los dentistas no sabían lo que hacían. No entendía que el problema no estaba en el esmalte ni en las raíces, sino en el nervio. Todo cambió hace dos años, cuando me extrajeron la última muela derecha; en vez del alivio, sentí un rayo insoportable que me atravesó la mejilla y la mandíbula derecha. Ahí comprendí que nada de lo anterior tenía sentido. Fue entonces cuando apareció el nombre: neuralgia del trigémino.
El diagnóstico fue un alivio y una condena. Alivio porque dejé de perder dientes buscando una cura que no existía, pero condena al entender que el problema estaba instalado en mi sistema nervioso. Desde entonces, cepillarme los dientes dejó de ser un hábito para volverse una operación de riesgo. Cada vez que acerco las cerdas a mi mejilla derecha, recuerdo aquellas extracciones inútiles y me tenso, esperando el golpe.
El ritual del terror en el lavabo
Puse la pasta en el cepillo con una lentitud exasperante. No puedo simplemente lavarme los dientes; tengo que ejecutar una coreografía de precisión. Avanzo con normalidad hasta llegar al límite central, pero ahí el ritmo cambia. Mi respiración se corta y el brazo se me pone rígido, como si estuviera manipulando un objeto explosivo antes de tocar mi mejilla derecha.
Cepillarse los dientes con neuralgia del trigémino no tiene nada que ver con la sensibilidad al frío o el pinchazo de una caries. Es una descarga eléctrica, un choque de alta tensión que nace en la base del cráneo y estalla en mi mejilla derecha. He tenido que aprender a mover el cepillo con toques superficiales, casi imperceptibles, evitando cualquier presión que el nervio pueda interpretar como una agresión. Me muevo con una cautela ridícula para no rozar las zonas que ya conozco como mis puntos gatillo en la mandíbula derecha.
Hoy sentí un roce mínimo en la mejilla derecha. Fue casi nada, pero mi cuerpo reaccionó al instante. Cerré los ojos y me quedé congelado, con el cepillo aún en la boca, esperando que el disparo no se concretara. En esos segundos de silencio el tiempo se detiene. Es una agonía psicológica; el miedo a que el simple hecho de asearme me lance a una crisis en la mandíbula derecha que me obligue a cancelar todo el día y a encerrarme en la oscuridad de la habitación.
La sombra de la medicación
La tensión se agudizó estas últimas tres semanas. Durante casi dos años viví en una tregua que yo mismo diseñé. Cuando la doctora me recetó Carbamazepina, 200 mg tres veces al día, decidí que era demasiado. Me sentía bien, así que bajé la dosis a 100 mg por mi cuenta, sin decirle a nadie. Pensé que había ganado la batalla, que mi cuerpo se había adaptado o que la enfermedad simplemente se había cansado de mí. Fue una arrogancia peligrosa que me terminó costando cara en la mejilla y la mandíbula derecha.
Hace veintiún días el dolor volvió con una fuerza brutal, recordándome que no se puede jugar con los nervios de la cara. Tuve que subir otra vez a los 200 mg y, aunque empiezo a controlarlo, perdí la confianza. Ahora, frente al espejo, no solo temo que el cepillo roce mi mejilla derecha; soy consciente de mi propia fragilidad. Sé que dependo de una pastilla y que cualquier descuido con la dosis o un toque accidental en la mandíbula derecha pueden devolverme al infierno.
Me agota vivir en esta contradicción. Quiero recuperar la normalidad y volver a ser el hombre que no analizaba cada movimiento al entrar al baño, pero el miedo se ha vuelto un mecanismo de defensa que no sé cómo apagar. Me siento un impostor en mi propia piel, alguien que finge que todo está bajo control mientras calculo la presión exacta de las cerdas sobre la encía derecha para no terminar gritando en el suelo.
El peso de lo que ya no soy
Al terminar, me lavé la cara con cautela para no provocar ninguna descarga. Me quedé mirando el agua correr y recordé cómo era mi vida antes. Extraño al hombre que trabajaba en el campo y recorría las calles gestionando préstamos grupales, alguien que lidiaba con la presión de las metas y la cobranza sin que su prioridad fuera el ángulo de su mandíbula derecha. Aquel estrés era agotador, pero era productivo; el de alguien que se sentía útil y dueño de sus propios movimientos.
Ahora trabajo como auditor desde casa, concentrado en pantallas y números. Mis jefes han tenido paciencia, pero este cambio me ha quitado algo que no sé nombrar. No es el ritmo laboral, es la identidad. Pasé de ser el tipo que resolvía problemas cara a cara en la calle a ser un hombre que teme cepillarse los dientes. Hay una humillación invisible en saber que un gesto tan básico de higiene puede disparar un pánico absoluto en mi mejilla y mandíbula derecha.
Me puse la camisa y volví al ordenador. La mejilla derecha seguía en calma, pero el miedo a que el dolor regresara me acompañó el resto de la tarde. Es una carga mental constante, un ruido de fondo que no desaparece. No es solo la neuralgia, sino cómo el síntoma erosiona la seguridad en uno mismo, convirtiendo el propio cuerpo en un territorio hostil donde no puedes confiar ni en un cepillo de dientes.
El regreso al silencio
Cerré la computadora y me desplomé en el sofá. Mi esposa pasó a mi lado y me plantó un beso rápido en la frente, esquivando la mejilla derecha con un gesto que ya tiene automatizado. No mencionamos el pánico al cepillo, la dosis de Carbamazepina ni los dientes que me faltan. Nos quedamos así, en silencio, aprovechando la tregua que el nervio nos dio hoy.
Llegó la noche y me toca volver al baño para repetir el ritual antes de dormir. El miedo sigue ahí, esperándome junto al lavabo. Sé que debo moverme lento, con un cuidado extremo, porque cualquier error dispara la descarga en mi mejilla derecha. No hay una victoria final; solo hay días en los que el dolor decide no presentarse y noches donde lavarme la mandíbula derecha se siente como una apuesta contra el azar.
Siento que la neuralgia no solo me quitó los dientes o la posibilidad de trabajar fuera de casa, sino también la espontaneidad. Cada movimiento calculado y cada roce evitado en mi mejilla derecha son recordatorios de que mi vida se divide ahora entre lo que puedo hacer y lo que me aterra intentar. Me acuesto sabiendo que mañana, al despertar, el primer desafío será volver a enfrentar ese cepillo de dientes que descansa en el vaso del baño y que amenaza con disparar el dolor en mi mandíbula derecha.
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Neuralgia del trigémino: el miedo a cepillar mis dientes
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