Fingiendo calma cuando el dolor acecha

Fingiendo calma cuando el dolor acecha

Me encontraba sentado en el sofá, rodeado del silencio del hogar vacío, cuando mi esposa se acercó con un gesto amable y me ofreció una taza de té de hierbas calentita. La miré agradecido mientras tomaba un sorbo, pero al instante siguiente mi mandíbula derecha volvió a reclamar mi atención con su doloroso latido. Me sentí solo en ese momento, rodeado del olor del té y el silencio de la casa.

Me sentía tranquilo mientras trabajaba en mi ordenador, con la hoja de cálculo de auditoría abierta. La rutina del trabajo remoto me había convertido en una especie de refugio desde que cambió a escritorio. Pero esa mañana, algo no estaba bien. Me notaba un dolor persistente en la mejilla derecha, como si una lanceta estuviera pinchándome sin cesar.

El contexto

Me encontraba trabajando en mi escritorio cuando me di cuenta de que el dolor de mi mandíbula derecha no había remitido desde las extracciones dentales. Después de intentar varias soluciones sin éxito, una dentista me habló sobre la posibilidad de que sufra neuralgia del trigémino y recetó carbamazepina. Aunque estaba preocupado por los efectos secundarios, decidí empezar con una dosis baja y encontré que 100 mg era suficiente para controlar el dolor durante casi dos años. La medicación se ha convertido en un elemento constante en mi vida, algo que me permite mantener la calma a pesar de los pequeños estímulos que antes desencadenaban el dolor. Estoy cansado de tener que tomarla todos los días, pero sé que es lo que necesito para seguir adelante.

Estoy cansado de recordar cuando mi vida era un caos de visitas a clientes, préstamos que recuperar y el constante ruido de los motores. El dolor se convirtió en una compañía permanente y tuve que dejar atrás la actividad de campo para pasar a trabajar desde casa como auditor. Ahora tengo que equilibrar mi trabajo con las dosis de carbamazepina que me ayudan a soportarlo, y cada día es una danza delicada entre el dolor y la productividad.

El núcleo

Ese día, mientras la taza de té se enfriaba en la mesita, sentí una punzada sutil en la mejilla derecha, como si una pequeña corriente eléctrica se hubiera activado bajo la piel. No era el ataque de trigemino que había vivido después de la extracción de la última muela, sino una señal de que la calma estaba a punto de romperse. Mi esposa me observaba con una mezcla de preocupación y paciencia, y no quería que sus ojos se llenaran de alarma; ya había pasado suficiente tiempo explicándole cada episodio, cada ajuste de medicación.

Esa tarde estaba trabajando en casa cuando ella llegó a preguntarme cómo me encontraba. Respondí con una fórmula que había utilizado antes: "Estoy bien, solo un poco cansado". La conversación siguió adelante y hablamos sobre la lista de la compra mientras yo pensaba en mi dolor. Me sentí solo en ese momento, sin poder compartir lo que realmente estaba sufriendo. Mi mente se preocupaba por el problema del dolor y consideré si debería aumentar la dosis ahora o esperar a que fuera más intenso.

La consecuencia práctica

La punzada se transformó en un dolor trigémino más agudo a mediodía, una presión que se extendió desde la mejilla derecha hasta la zona del oído. Me resultaba difícil hablar con claridad y el sonido de mi propia voz me parecía como si estuviera gritando. Me levanté para preparar la comida sin querer dar muestras de dolor, pero mientras cortaba las verduras, no pude evitar una mueca al pasar el cuchillo por la tabla de cortar.

Cuando la tarde llegó, el dolor alcanzó su punto máximo. Un ataque de trigemino, breve pero intenso, me obligó a detenerme. Sentí que mi mandíbula derecha temblaba bajo la presión y, por un instante, pensé en levantar la voz y decirle a mi esposa que necesitaba descansar. Pero el sonido de su risa al probar la sopa que había preparado me hizo permanecer en silencio. En lugar de explicar, me limité a tomar una pastilla extra de carbamazepina, una decisión que había tomado en el pasado sin consultarla, y esperé que la medicina hiciera su trabajo.

La tensión real

Llevaba varios días sentado en casa, intentando mantenerme concentrado mientras el dolor en la mejilla derecha me acompañaba como un compañero insidioso. Me sentí solo y desprotegido cuando mi mente comenzó a vagar hacia las deudas pendientes y los plazos que se acercaban, sabiendo que cualquier estrés adicional podría hacer que el dolor empeorase.

Me sentí solo mientras aporreaba la máquina de escribir con mi mano derecha, cada golpe un recordatorio del dolor que me atenazaba en la mejilla y mandíbula derechos. Mi esposa me miró preocupada al ver cómo me temblaban los dedos al cerrar el cajón de la cocina y me preguntó suavemente si estaba bien. Me sentí conmovido por su comprensión, pero también culpable por haber intentado ocultar la verdad durante tanto tiempo. Nota: No había errores ortográficos en el párrafo original.

El cierre honesto

Me estaba sentando junto a mi esposa en el sofá cuando apagué la luz de la cocina y se llenó de una quietud que no era solo la ausencia de dolor, sino también la aceptación del nuevo estado de cosas. La carbamazepina había hecho efecto, aunque el episodio me había dejado con un sabor agridulce en la boca. No hubo palabras profundas ni promesas de cambio; simplemente compartimos un suspiro y comprendí que no necesitábamos hablar para entender lo que sentíamos. Estoy cansado de esperar a que el dolor vuelva, pero por ahora estoy aquí con mi esposa, disfrutando del silencio.

Ajusto la dosis de medicamentos cuando es necesario, mientras mantengo mi trabajo como auditor y cuido a mi familia sin querer ser un héroe invencible al dolor. La vida con neuralgia del trigémino sigue siendo una serie de momentos en los que el dolor se entrelaza con la cotidianidad.

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