Trigémino: el momento que me hizo detener el amor al sentir el dolor
Trigémino: el momento que me hizo detener el amor al sentir el dolor
La luz tenue del comedor se filtraba entre las cortinas cuando mi esposa me ofreció una taza de té. El vapor se elevaba en la quietud de la noche y, por un momento, sentí que el día había terminado sin que el dolor se interpusiera. Me senté a su lado, escuchando el crujir lejano del refrigerador y el suave susurro de su voz al preguntar si quería algo más. Aquella simple invitación me recordó que, a veces, la rutina puede ser un refugio inesperado.
Me estaba concentrando en la conversación cuando sentí su aliento cerca de mis labios y noté el latido de su pecho contra mí. Por un momento, pensé que podría estar a punto de besarle. Pero antes de que eso sucediera, me invadió una sensación familiar de dolor en mi mejilla derecha. Un ataque de trigémino se estaba apoderando de mí, y esta vez no era el primero.
Me quedé quieto en mi silla, notando cómo el silencio entre nosotros era incómodo. Me sentí solo y un poco vacío, sin saber qué hacer con mis manos. La taza aún reposaba sobre la mesa, como si esperara que regresara a mi posición anterior. Mi mente estaba ocupada pensando en evitar cualquier movimiento brusco, consciente de que el menor contacto podría desencadenar un dolor repentino en mi mejilla derecha y mandíbula.
El contexto
Hace siete años, el dolor del lado derecho de mi cara empezó como una molestia que atribuía a problemas dentales. Me sometí a visitas al dentista en busca de solución, pero cada diente que perdía dejaba un vacío no solo en mi boca, sino también en mi confianza. Pensé que encontraría alivio en la extracción del último diente del lado derecho, pero fue entonces cuando la dentista me dijo con una mezcla de sorpresa y preocupación: “Tienes trigemino”. Me recetó carbamazepina, aunque yo opté por empezar con dosis más bajas, descubriendo que era suficiente.
Estaba sentado en mi oficina desde casa, rodeado de archivos y papeles, cuando el recuerdo de cómo todo cambió me vino a la mente. Después del diagnóstico, tuve que dejar atrás mi trabajo en el campo, visitando clientes y recuperando préstamos grupales, un ritmo que exigía estar de pie y moverme rápido bajo presión de los jefes. El dolor constante había hecho imposible seguir así, pero cuando me pasaron a la auditoría desde casa, sentí una sensación de pérdida: mi identidad como trabajador activo se desvaneció, sustituida por un día a día más estático y menos doloroso.
El núcleo
Ese instante en el comedor se convirtió en una prueba de lo que significa vivir con neuralgia del trigémino. Cada vez que mi esposa se acercaba demasiado, la alerta en mi mejilla derecha se activaba. El simple acto de inclinar la cabeza para un beso desencadenaba una corriente eléctrica que recorría mi rostro, recordándome que el dolor no distingue entre amor y rutina. Me sentí solo en ese momento, aislado de la conexión con ella, mientras mi corazón latía con fuerza por la anticipación del posible ataque. Estoy cansado de vivir con esta condición, pero sigue siendo una parte mía.
Me sentí solo mientras intentaba no pensar en el dolor que me estaba acechando. Mi mente, entrenada por años de sufrimiento, calculaba el riesgo: ¿sería suficiente la presión de los labios para provocar una crisis? La respuesta, aunque no verbalizada, se manifestó en una ligera contracción de los músculos de la mandíbula derecha. En ese instante, mi intimidad quedó atrapada entre la ternura y el temor. Estoy cansado de este juego constante con mi dolor, pero no tengo otra opción que seguir adelante.
La consecuencia práctica
Me sentí solo mientras intentaba no llamar la atención en el comedor. Mi esposa, perceptiva como siempre, notó mi reticencia y, sin presionar, se acercó a mí y me ofreció su mano para que la tomara. Ese gesto, aunque simple, fue un recordatorio de que el vínculo no depende exclusivamente de los gestos románticos. Pero lo cierto es que el dolor en mi mejilla derecha y la mandíbula derecha era insoportable. La falta de atención a ese dolor me hizo sentir más solo aún, como si estuviera sufriendo algo en secreto.
Me sentía en la cuerda floja entre el trabajo y mi condición crónica de neuralgia del trigémino. Al volver a mi escritorio, después de ese beso inesperado, me encontraba con un nuevo desafío: mantener la concentración pese a la anticipación del dolor que podría llegar en cualquier momento. La auditoría de préstamos grupales se convirtió en un esfuerzo para no dejar que mi mente diera vueltas sobre el próximo posible ataque. La frecuencia de los dolores me obligó a programar pausas más cortas, incluso interrumpiendo llamadas importantes cuando sentí la primera señal de dolor. El equilibrio entre cumplir mis metas y protegerme del dolor se volvió una danza cuidadosa, donde cada paso llevaba el riesgo de desencadenar un ataque al lado derecho de mi cara, en la mejilla o la mandíbula, sin previo aviso. Estoy cansado de vivir con este riesgo constante, de siempre estar preparado para enfrentarlo y encontrar la forma de seguir adelante.
La tensión real
Me levantaba cada mañana sintiendo ese miedo constante que me acompaña desde hace meses: el dolor trigémino. No sé qué espero que pase para sentirme seguro acercándome a las personas, ya que cualquier contacto físico puede desencadenarlo en la mejilla derecha y mandíbula de manera inesperada. Mi esposa intenta ser comprensiva y me brinda apoyo sin exigir nada a cambio, pero esa ansiedad permanente me hace sentir solo incluso cuando estoy rodeado de gente.
Esta tensión se extiende más allá de la relación de pareja. En los momentos de “trigemino y trabajo”, la presión de los jefes para cumplir con los plazos me recuerda que la vida no se detiene por el dolor. Sin embargo, la realidad de vivir con trigemino implica que debo ajustar mis expectativas, tanto en el ámbito profesional como en el personal. La incertidumbre de cuándo un ataque de trigemino se manifestará mantiene una sombra constante sobre mis decisiones.
El cierre honesto
Hoy la dosis de carbamazepina se ha estabilizado en 200 mg tres veces al día, lo que me permite mantener el dolor bajo control y pasar algunos días sin episodios intensos. Anoche quedé corto con el beso, pero eso no es nada nuevo; simplemente es una consecuencia más del vivir con trigemino: adaptarse a las limitaciones invisibles. Estoy sentado aquí, escribiendo, intentando procesar todo lo que esto significa para mí. La mejilla derecha sigue siendo el foco principal de la dolorosa neuralgia del trigemino y estoy cansado de luchar contra ella.
Mi esposa me ha estado ofreciendo su cercanía de maneras que no requieren contacto facial directo, lo cual es un gesto de amor que puedo tolerar sin sentir dolor en la mejilla derecha o la mandíbula derecha. Estoy organizando mi día desde casa en torno a los momentos de mayor tolerancia al dolor, lo cual me permite ser productivo aunque extrañe el ambiente del campo de trabajo.
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Trigémino: el momento que me hizo detener el amor al sentir el dolor
Mira el video de hoy en el canal Vida con Trigémino.
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